"No entender que el trabajo de uno puede valer miles de veces más que el de otro es una forma de analfabetismo contemporaneo".  

C.S. Fitzbottom.

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Francia, Alemania, Grecia… EUROPA

Los resultados de los procesos electorales finalizados en estos días merecen varias reflexiones de lo sucedido.
Por importancia y proximidad comenzaré por Francia.

Si creemos que el nuevo presidente francés va a cumplir lo que ha dicho en sus discursos como candidato, pienso que sus políticas van a ser perjudiciales para Francia como en su día lo fueron las del presidente Zapatero para España. Se da el agravante de que nuestro país vecino tiene un peso específico en Europa que ya quisiéramos para nuestra piel de toro. Es el extremo del eje París-Berlín que nos gobierna y cualquier asunto que genere incertidumbre en la Francia tendrá una repercusión importante para todos.

Como buenos vecinos lo negativo que sucedía justo detrás de nuestra frontera solía repercutir positivamente para nosotros y viceversa. Es decir, lo malo para Francia era bueno para España (al menos anímicamente). Pero desde que los unos y los otros somos Europa y mucho más desde que compartimos moneda esa situación ha cambiado considerablemente.

Una vez descartado el sueño de que la victoria socialista francesa vaya a suponer la sustitución del bloque germano-francés por la alianza Madrid-Berlín dando así mayor peso a la misma España que ha estado ninguneada en los últimos años a nivel europeo, cabe esperar que el cambio al frente del Eliseo arrastre –o al menos lo intente- a la canciller alemana a suavizar sus demandas de ajustes y austeridad.

Puede que incluso lo consiga dado el posible cambio que se comienza a vislumbrar en la cancillería germana tras los continuos descalabros electorales que está sufriendo la CDU cada vez que se celebran unos comicios regionales. Así que sólo nos queda esperar que sea lo mejor para toda Europa o tardaremos más en salir de la crisis, porque está claro que o salimos juntos o no salimos, no hay más.

En este punto he de mostrar mi preocupación ante los buenos resultados que en dichas elecciones han obtenido los partidos más radicales. El 20% conseguido por el Frente Nacional francés en la primera vuelta de las presidenciales no es nada desdeñable aunque el sistema de doble vuelta le haga muy difícil optar a la presidencia de la república. Sin embargo su fuerza política ya se ha hecho notar en la segunda vuelta a través de la abstención y la renuncia de sus líderes a apoyar abiertamente a ninguno de los dos candidatos.

En el caso griego la caída del bipartidismo dominante desde siempre ha supuesto el logro de la representación parlamentaria de todo tipo de partidos, desde los neonazis de Amanecer Dorado hasta la coalición de la izquierda radical Syriza que ha relevado al socialista y pro-europeo Pasok como partido mayoritario de la izquierda siendo el segundo partido más votado en toda Grecia. El problema añadido es que tal amalgama de partidos la hace ingobernable y la repetición de las elecciones es inminente. De poco servirán si no se presentan -en extrañas coaliciones ideológicas- los partidarios del euro juntos contra los detractores del mismo también unidos.

Podemos hacer una reflexión común sobre Grecia unida a la propia España, a Francia y a Alemania. En todos los casos los resultados de las elecciones son los mismos aunque los partidos más votados en ellas sean de distinto signo político. El resultado es el cambio.

La conclusión es que el pueblo, los ciudadanos de uno y otro lado de Europa, no está contento con la manera en que sus gobiernos han gestionado la crisis y sus intentos de solucionarla.

La forma de hacerlo es la base de la democracia, cambiar en las urnas a sus gobernantes, a los que han de dirigir a través de las leyes los designios de toda una nación, para que éstos intenten hacerlo de otra manera –ya se valorará si esa manera fue la acertada- o simplemente para castigar a los que no lo han hecho bien según sus opiniones.

Esa es la grandeza de la democracia, el menos malo de los sistemas políticos, el que se basa en la libertad de las personas para elegir. Intentar cambiar el rumbo de unas medidas de gobierno, de un país, desde la calle y la algarada además de ser injusto y antidemocrático sólo ha supuesto históricamente la pobreza, la miseria e incluso la muerte de una buena parte de los ciudadanos de una nación. Citando a Pérez-Reverte: “es lo que tiene haber leído un par de libros de historia, que te quita la inocencia”.

No obstante animo humildemente a mi posible lector a que se quede más con las conclusiones positivas de mi argumentación –que las hay- que con las negativas porque no conozco a nadie que se haya recuperado de una enfermedad recreándose en sus síntomas. Como dicen los aficionados de los equipos deportivos necesitados de victorias: “Sí se puede”.


R. García-Páez
para www.piensaenlibertad.com






En qué creemos
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de los creadores de valor
Alfonso Merlos
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Un camino
a la deriva
15-M: 15 mentiras

No son parte de la solución sino del problema. Sus propuestas pretendidamente revolucionarias, aplicadas como un programa compacto para la regeneración de la vida pública, en absoluto contribuirían a mejorar el sistema de libertades y el Estado del Bienestar en España. Al contrario. Aquellas que tienen un punto de sensatez, y que habían reivindicado por numerosas asociaciones cívicas antes de aquel 15-M, están siendo estudiadas o incluso aplicadas por el Gobierno de Rajoy. Por el contrario, las iniciativas que aparentan ser la piedra para la salvación de los ciudadanos conducirían a este país directamente al desastre y la quiebra: nos reducirían a una comunidad de parias dentro del concierto internacional de naciones. Sin más.

La historia de este fenómeno, devenido esencialmente en una plataforma antisistema y a la deriva, es la historia de un engaño. Bajo el legítimo objetivo de promover una democracia más participativa, tras la denuncia razonable de los vicios del bipartidismo PP-PSOE, más allá del rechazo hasta comprensible del desmedido dominio de grandes bancos y potentes corporaciones multinacionales, al otro extremo de la noble defensa de una auténtica división de poderes había y hay un colosal proyecto propagandístico orquestado por la izquierda extrema.

Los correligionarios del 15–M, muchos desde su ignorancia y por consiguiente de forma instintiva, han puesto en práctica principios clave en la manipulación de masas como el de la simplificación, el contagio, la exageración, la silenciación, la caricaturización o el principio de unanimidad. En efecto, han tratado a vastos grupos de personas como a un rebaño, haciéndoles creer que todas pensaban exactamente lo mismo porque estaban en posesión de una indiscutible verdad. Pero ha sido precisamente el recurso saturado a infinidad de técnicas goebelsianas el que ha hecho más descarnadas las 15 mentiras principales que van aparejadas a esta vanguardia de heroicos luchadores:

15-M: 15-Mentiras

1.- Es mentira que se esfuercen en proteger las raíces de la democracia. Las arrancan de cuajo y sin contemplaciones siempre que violan las leyes y disposiciones de las autoridades, algo que han hecho a menudo y enfundándose en un cínico victimismo.

2.- Es mentira que estén desligados de los movimientos antisistema. No propugnan la reforma del actual estado de cosas sino, por subversiva elevación, la destrucción del orden establecido para levantar otro: el clásico sueño utópico de no pocos totalitarismos.

3.- Es mentira que presenten herramientas concretas para el cambio. Simplemente han trazado unas líneas-fuerza y objetivos a conquistar, muchos inaceptables en el mundo desarrollado y en la Europa civilizada, menos bien entrados ya en el siglo XXI.

4.- Es mentira que defiendan a los políticos responsables. Los han criminalizado en su conjunto confundiendo deliberadamente a justos con pecadores, a ejemplares con incompetentes, a formidables gestores con ladrones y gorrones, negándose por añadidura a condenar casos flagrantes de corrupción protagonizados por cargos públicos y sindicalistas de «la izquierda».

5.- Es mentira que defiendan a quienes están sufriendo la crisis. Sus salvajes estragos han generado pérdidas extraordinarias a honrados comerciantes que luchan cada día por sobrevivir y que han visto atacados sus derechos, sus libertades y sus propiedades con daños calculados en decenas de millones de euros.

6.- Es mentira que quieran más democracia y que la soberanía resida en el pueblo. Propugnan, simplemente, la ruptura hacia un modelo mixto de perfiles socialistas, comunistas y anarquistas: en absoluto se sienten incómodos con experimentos como los bolivarianos, que tanto daño han hecho a las sociedades abiertas.

7.- Es mentira que sean pacifistas. Han cruzado la línea de la desobediencia civil o la objeción de conciencia, ejerciendo la violencia a través de tácticas de guerrilla urbana que en casos concretos como en Cataluña han representado una verdadera vergüenza nacional.

8.- Es mentira que crean implacablemente en el sufragio. Si no hubiese partidos de su gusto a los que poder votar, ya habrían fundado uno (superando su pereza y trascendiendo sus alborotos) para poder ejercer un derecho político y constitucional sagrado en la modernidad.

9.- Es mentira que se rebelen contra toda forma de injusticia social. Carece de toda justicia que, en su obsesión por privatizar los espacios de todos por la vía de los tenderetes, hayan hurtado a compatriotas corrientes y molientes de su libertad de movimientos llegando a dañar la propia salud pública.

10.- Es mentira que sean solidarios. Si así fuese, no estarían ocupando las plazas de España sino, de forma callada, ayudando a servir platos de sopa a los hambrientos y los pobres que se multiplican cada día en este país y encuentran el amparo en organizaciones vinculadas a la Iglesia.

11.- Es mentira que sean apartidistas. Sencillamente se oponen a «algunos» partidos que no son de su agrado: los que propugnan, con mayor o menor acierto, programas de gobierno socialdemócratas, liberales o conservadores.

12.- Es mentira que se organicen de forma horizontal. En la planificación, la ejecución y el control de sus acciones se rigen, en última instancia y en los momentos decisivos, por patrones verticales de corte soviético.

13.- Es mentira que se rebelen contra toda forma de impunidad. Se han esforzado en cortocircuitar las penas y las multas para muchos de los que, más allá de las soflamas de turno, han perpetrado delitos tipificados en el Código Penal.

14.- Es mentira que representen lo que la mayoría piensa. Sus acólitos no se miden por millones ni en las calles (como se comprueba ya estos días), ni en los registros de firmas de sus manifiestos (basta con acceder a sus páginas en internet).

15.- Es mentira que sean inconformistas. Hay que ser mansos y oportunistas para generar estallidos de rebeldía sólo cuando el calendario y el buen tiempo lo ponen en bandeja.

El origen de tanto truco y trampa, de tanta trola, es uno y claro. Como aquel infausto presidente del Gobierno del que se libró España no hace tanto tiempo, los mariachis del 15-M entienden que la libertad los hace verdaderos. Ignoran que es la verdad la que nos hace libres.


De la protesta a la política sin renegar

Surgió de forma espontánea, propiciado por el descontento con la ley Sinde, pero el movimiento «indignado» –que proclamó en su nacimiento su intención de rebelarse contra la clase política, con la que no se sentían representados– ha degenerado en su primer año de vida precisamente hacia las ideologías más propias de la izquierda radical. Si ya tras su primer mes de acampada se constató que el movimiento no estaba formado sólo por descontentos con el sistema español, hoy, un año después, uno de sus primeros cabecillas está sentado en el Congreso como diputado de Izquierda Unida por Málaga. No es el único caso. Las diferencias sobre qué rumbo tomar han dividido también a la cúpula de Democracia Real Ya.

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Yo tengo derecho



Me cuenta una amiga que las diferencias entre Francia –donde ha vivido y trabajado durante años- y el resto del mundo las explica con la reacción de sus dos sobrinos –español uno y francés el otro- al subirse a un árbol demasiado alto y reñirles para que bajen. El niño español responde: “¡Pero si puedo hacerlo!”. Mientras que la argumentación del francés es: “J´ai le droit”, o sea, “yo tengo derecho”. Estoy de acuerdo con ella en que es difícil una explicación más breve y elocuente.

Pocas palabras están más adulteradas hoy en día que “derecho”. Posiblemente la crisis que sufrimos sea tan descomunal porque no es económica, sino moral. Y ninguna enfermedad moral más grave que no saber siquiera qué es un “derecho”.

Nacemos con tres derechos esenciales. Derecho a vivir –VIDA-. Derecho a hacer con nuestro tiempo lo que deseemos –LIBERTAD-. Derecho a disponer pacíficamente de nuestros bienes, del fruto de nuestro trabajo o del de nuestra familia –PROPIEDAD-. Desde que nace, desde los albores de nuestra especie, el ser humano es precario, necesitando de la ayuda de otros para vivir y sobrevivir, obtener su comida, su vestido y su abrigo. Pero tan pronto como es autosuficiente su obligación personal de atender a esos deberes –su subsistencia- se vuelve tan imperativa como la forma de hacerlo –sus derechos.

Sin embargo hemos deformado hasta tal punto la palabra que hoy hablamos del “derecho” a una vivienda, a medicinas gratuitas, a la luz eléctrica o a estudiar la carrera que nos plazca sin pagar por ella.

El nacer en una sociedad rica no da ningún “derecho” a los nacidos sobre esa riqueza, preexistente a su nacimiento, y que ellos no han producido. Nadie tiene “derecho” a que otro trabaje para él. Eso se llama opresión y esclavitud. Los que han tergiversado el lenguaje hasta llegar a ese punto llaman esos falsos derechos “derechos positivos”. Pero no son tales. Son derechos de “imposición”, que unos, más fuertes en su violencia o en su número, tratan de imponer a otros, los que trabajan.

Los únicos derechos auténticos son los que los manipuladores llaman “negativos”: que NO me quiten mi vida, que no me quiten mi libertad, que no me quiten mi propiedad. No deberían tener apellidos, porque estos son los únicos derechos auténticos, los que la comunidad, el Estado, debería proteger.

El problema de nuestra crisis moral no es verbal. Lo semántico es un reflejo de lo real. Las discusiones “semánticas” son las que tratan sobre las auténticas discrepancias. Y la crisis es tan grave porque no nos hemos conformado con llamar “derechos” a los que no lo son, sino que negamos como derechos los fundamentales, los de “protección”.

Así, vemos que sistemáticamente se niega el derecho de las personas a disponer del fruto de su trabajo. El nuevo candidato socialista francés habla directamente de confiscar los sueldos de quienes ganan más de un millón de euros. Otros, en España, de quitar las tierras de determinadas personas, según cualquier criterio arbitrario. En otros continentes, se roba directamente a determinados accionistas la propiedad de su empresa. Y a esta violación del derecho esencial a la propiedad, garantía contra la esclavitud, se la llama “derecho”.

La “ley seca” norteamericana debió demostrar lo inútil del prohibicionismo en la lucha contra las drogas. Pero los Estados no aprenden. Luego llega la prohibición al tabaco, la regulación de la velocidad con fines recaudatorios, pronto los contenidos calóricos de los alimentos. Los horarios de apertura de los comercios son un tema más serio y violento. Y el libre tráfico de las personas, de los que más. Quizás el más totalitario y enfermizo de todos, la imposición de idiomas en los que comunicarse o educar libremente. La restricción a todas las libertades, la injerencia del Estado en la vida de los individuos y sus familias, y todo ello justificado bajo diferentes acepciones de “derecho”.

Y por último, el más sagrado de los derechos, el de la vida, es sometido al criterio de comodidad de la madre, de coste asumible por la Seguridad Social, o de otras opiniones igualmente arbitrarias sobre el dolor de terceros. La eutanasia se presenta como un avance social, el aborto como un “derecho” incuestionable. No sé por qué sus defensores no atienden los argumentos de los partidarios de la pena de muerte en Estados Unidos. Aprenderían bastante sobre ambas posturas.

El paroxismo de la enfermedad llega cuando una comunidad renuncia incluso a su derecho a la vida, a la autodefensa de los individuos o de su sociedad. Cuando atrapados en un síndrome de Estocolmo colectivo, todos los agresores tienen derechos y justificaciones y las víctimas han de renunciar a su derecho a la vida y a su aspiración a una justicia reparadora en nombre de abstracciones grandilocuentes, entonces podemos decir que un país ha perdido el Norte. La brújula de lo correcto y lo incorrecto se ha roto.

Nadie tiene “derechos” que imponer sobre nosotros, más que el respeto a los sagrados derechos de cada individuo, que tenemos el deber de defender. Sólo una sociedad así será digna de vivir y sobrevivir. La historia es implacable con las enfermedades morales.



Piensa en Libertad.

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Los resultados de los procesos electorales finalizados en estos días merecen varias reflexiones de lo sucedido. Por importancia y proximidad comenzaré por Francia. Si creemos que el nuevo presidente francés va a cumplir lo que ha dicho en sus discursos como candidato, pienso que sus políticas van a ser perjudiciales para Francia como en su día lo fueron las del presidente Zapatero para España. Se da el agravante de que nuestro país vecino tiene un peso específico en Europa que y...Leer la continuación
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Yo tengo derecho

01/05/2012 18:28:14
Me cuenta una amiga que las diferencias entre Francia –donde ha vivido y trabajado durante años- y el resto del mundo las explica con la reacción de sus dos sobrinos –español uno y francés el otro- al subirse a un árbol demasiado alto y reñirles para que bajen. El niño español responde: “¡Pero si puedo hacerlo!”. Mientras que la argumentación del francés es: “J´ai le droit”, o sea, “yo tengo derecho”. Estoy de acuerdo con ella en que es difícil una explicación más breve y elocuente....Leer la continuación
Escrito por Piensa en Libertad •  Agregar un comentario   0 comentarios

¡Qué error hemos cometido!

26/03/2012 18:00:15
Caminaba por la Rambla del Raval (Barcelona) y lo vi claro: Europa murió en Auschwitz. Nosotros asesinamos a 6 millones de judíos, para acabar importando 20 millones de musulmanes por lo común integristas. ¿Qué no es posible generalizar? Bien, en vista de cómo nos han ido las cosas yo creo que si se puede generalizar. ¿Que si hay excepciones? De acuerdo... pero son excepciones. Para el resto, es decir, en general debe decirse que en Auschwitz quemamos la cultura, la intelige...Leer la continuación
Escrito por Sebastián Vivar Rodríguez •  Agregar un comentario   0 comentarios
 

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El síndrome
del Tío Gilito

(en nuestra página de ARTICULOS)

Publicado el 17/12/2011 en

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El Estado es el nuevo
opio del pueblo.


Un análisis marxista liberal.


Nuestra especie, durante la mayor parte de su existencia, se agrupó en pequeños núcleos familiares, viviendo de la caza y la recolección. Cuando inició su asentamiento, porque comenzaba a alimentarse de la agricultura y la ganadería, pudo producir un excedente que almacenar, y tuvo la necesidad de protegerlo de otros grupos, que querían apropiarse de ello. Así nacieron las ciudades y los ejércitos. Y sus jefes.

Las aspiraciones de trascendencia que anidan en el corazón de la mayoría de los seres humanos han sido periódicamente atendidas por hombres excepcionales, profetas y sabios, que han reclamado una mayor o menor intimidad con lo divino, pagando generalmente un alto precio por ello, y creando las grandes religiones que siguen la mayoría de los habitantes de nuestro planeta.

Durante la mayor parte de su breve historia –no mucho más de 5.000 de los 3.000.000 de años de nuestra especie- la humanidad ha vivido de forma similar, subsistiendo del producto de la tierra, que permanecía constante. Y así el planeta soportó sobre sí sólo a 200 millones de habitantes durante siglos. Si había más personas, se producían hambrunas, que terminaban por cuadrar la oferta y demanda de alimentos. Sin embargo sobre esto se sabía poco. La Historia, la estudiable, la que constaba en los libros y las inscripciones, sólo hablaba de los hitos y las gestas de los jefes de los ejércitos y sus familias –el Trono- de los directores de la religión y de los mitos por ellos recreados –el Altar-.

La filosofía griega sentó las bases para cambiar esa forma de pensar. El derecho romano y su implantación en un imperio universal apuntó la posibilidad de un gobierno de leyes, no de hombres. Y el cristianismo difundió una religión que apelaba a los más humanos y nobles sentimientos de ayuda al débil y perdón de las ofensas. La barbarie dificultó el desarrollo de todas esas semillas, pero no las destruyó. Y en el Renacimiento germinaron, en una eclosión de la razón humana como eje de la persona y de sus construcciones sociales, en un movimiento imparable –aunque dificultado con algunas hogueras y nuevas guerras- que pasando por la Ilustración, llega hasta nuestros días.

La razón aplicada a la industria produjo un desarrollo económico sin precedentes. El bienestar que antaño había estado reducido a los pequeños estados mercantiles –Atenas, Venecia, Inglaterra- se extendió por muchos más países. La polaridad entre una minoritaria casta de dominadores y una inmensidad de siervos que trabajaban para ellos conoció ciertos niveles de graduación. Y una nueva posibilidad, la de un mundo con mayores recursos, crecientes casi sin límite, aguijoneó las ambiciones de la porción más avanzada del mundo: Occidente.

A mediados del siglo XIX nuevos desequilibrios habían aparecido. La pobreza de siempre se manifestaba de nuevos modos, desconcertantes y terribles, frutos de la también novedosa urbanización. Y la nueva situación tuvo su pensador providencial: Carlos Marx.

La filosofía de Marx aportó elementos nada despreciables, como las siguientes ideas: 
            
            - Lucha de clases: desde hacía milenios, los dominantes y los dominados luchaban entre sí, llevando la mejor parte y venciendo hasta la fecha no los más –los pobres- sino los más fuertes –los ricos-. 
            - Plusvalía: los trabajadores sólo recibían una mínima porción del valor generado por su trabajo –la imprescindible que requería su subsistencia- quedando el resto para el propietario de los medios de producción, el capitalista. 
            - Pauperización creciente: como consecuencia de los dos principios anteriores, los pobres serían cada vez más pobres, y los ricos, más ricos. 
            - Alienación: el trabajador, cada día más separado de la naturaleza, de la organización de su propio trabajo y hasta de sí mismo, viviendo una vida sin sentido, no tendría más futuro que un embrutecimiento creciente. 
            - Materialismo histórico: todo esto no había sido denunciado antes porque casi todo el conocimiento producido y difundido hasta entonces lo había sido por las castas dominantes para someter a las dominadas. La religión, en concreto, no era más que un opio para adormecer al pueblo.

Las ideas de Marx no eran perfectas, y por supuesto, la historia posterior se ha encargado de revelar los errores de su planteamiento dogmático. Pero como digno hijo de Hegel, que a su vez lo era de Platón, el marxismo es una religión, llena de uso mágico de las palabras, que trata de pasar por una filosofía que analiza objetivamente la realidad.

Las flagrantes injusticias del siglo XIX produjeron procesos revolucionarios en todo el mundo. Donde los que se hicieron con el control de la situación fueron los defensores del dogma marxista, trataron de que la rebelde realidad se sometiese a su doctrina mediante los campos de concentración y el exterminio de masas. Desafortunadamente aún nos quedan Corea del Norte y Cuba para recordar la huella atroz que el marxismo-leninismo, o comunismo, ya sea interpretado por Stalin, Troski, Mao, Pol Pot o Castro, deja en el mundo. Se estiman entre 70 y 100 los millones de seres humanos inmolados en el altar de esta nueva y perversa religión.

Cuando los comunistas vencieron a sus hijastros, los nacionasocialistas, llevaron su frontera a doscientos cincuenta kilómetros de Francia, partiendo Alemania y lindando con Italia. Europa entera trató de negociar entre los valores de la libertad -que reinaban en Norteamérica e Inglaterra había engendrado- y las doctrinas totalitarias del vecino imperial soviético. Nació la socialdemocracia como transacción.

La idea de que el Estado, si era gobernado por unos políticos elegidos por un procedimiento democrático, era el instrumento ideal para solucionar las injusticias que producía el libre funcionamiento de la sociedad, donde los ricos siempre oprimirían a los débiles, se convirtió en el nuevo dogma de la segunda mitad del siglo XX. A ese Estado democrático que, a través de los impuestos corregiría y mejoraría la libertad personal se le llamó “Estado del bienestar”. Y es esa gran mentira la que ha reventado en esta gran crisis del siglo XXI.

La izquierda política continúa viviendo en un lenguaje mágico. El color rojo es siempre muy emotivo en las banderas –todos los toros lo saben- y la Internacional, una melodía maravillosa –hasta Ayn Rand lo opinaba así-. El Palacio de Invierno siempre parece digno de ser asaltado, y el cine de Eisenstein será siempre una obra maestra. La ignorancia de la mayor parte de las gentes sencillas las hace vulnerables a eslóganes tan falsarios como infantiles que plantean alternativas imposibles como “¿educación pública o negocio?”.

Ante esta nueva situación, y considerando que el análisis marxista produjo un auténtico revulsivo en la economía, la filosofía, la religión y la política de los dos siglos siguientes, y que ofrece una impecable coherencia metodológica, quizás no estaría de más aplicarlo a una disección fría de la realidad presente.

El primer dato que tenemos que apreciar es el relativo a la plusvalía. ¿Quién se queda con lo que produce el trabajador? El lenguaje mágico de la izquierda, con su control de los medios de comunicación, responde: “¡los capitalistas, los empresarios, los ricos!”. Pero, ¿es eso cierto?

Pongamos el ejemplo de un trabajador que gane 24.000 euros brutos al año. Sería poco más de mileurista, la condición que agrupa a 12 de los 17 millones de trabajadores españoles. Ese es el sueldo que a él se le dice que cobra. Pero no es cierto. Su empresa paga 30.720 euros por su trabajo, pero se le obliga a que ingrese el 28% de esa cantidad en las arcas del Estado, en su manifestación de Seguridad Social, y sin que el trabajador sea informado de ello. Tampoco se le tendrá en cuenta al trabajador para calcular su pensión ni su indemnización. El Estado no quiere que el trabajador sepa que, antes de que él pueda conocerlo, el 28% del fruto de su trabajo, de lo que su empresa pagaría por él, ha ido a parar, silenciosamente, a las insaciables arcas de Leviatán.

De los 24.000 euros que quedan y que el trabajador ya sí ve, al menos en el papel de la nómina, un 7% irá al Estado, de nuevo en su denominación “Seguridad Social” y, con ese nivel salarial, le corresponderá entregar otro 30% adicional al Estado, bajo el nombre de “Hacienda Pública”. ¡Qué cuatro hermosas palabras –hacienda, social, seguridad, pública- que, en un momento, se han quedado con 15.600 de los 30.720 euros del producto del trabajo de esa persona. Un 49%.

Pero, lamentablemente para el trabajador, el insaciable Estado no se quedará ahí. Y bajo sus advocaciones de IVA, IBI o Impuestos Especiales, con los instrumentos de Agencias Estatales o Municipios, todavía recaudará un 18% de IVA, o un 75% de impuestos a las gasolinas. Siendo generoso y quedándonos muy cortos, otro 20% adicional: algo más de 3.000 euros.
De esta forma, los 2.560 euros mensuales que el trabajador se gana con su esfuerzo sólo le quedan 1.008. Sí, un 60% ha ido a parar a manos del Estado.

Sin embargo, miremos a la empresa de ese trabajador. Cojamos al azar una cotizada española del sector servicios, una gran empleadora. De los 3.000 millones de euros de su facturación, 2.000 se destinan a pagar sueldos y salarios y seguridad social, 500 a proveedores -que también pagan sus sueldos- y 300 a inversión. Quedan 200 de beneficios, de los cuales 70 irán a nuevos impuestos, 70 a reservas -para financiar el futuro de la compañía y 60 se repartirán a los accionistas, los malvados capitalistas, las más de las veces fondos de inversión que agrupan los ahorros y pensiones de millones de trabajadores. Así que los malvados empresarios reciben menos del 5% de la plusvalía y el Estado más del 60. Curioso.

¿Para qué quiere el Estado que los ciudadanos trabajen para él entre 7 y 9 meses del año? –No olvidemos que si el trabajador está más cualificado y las empresas están dispuestas a pagarle más por su trabajo, su carga fiscal puede llegar al 75%-.
El Estado, nos dicen, garantiza la sanidad, la educación, la defensa y la seguridad de todos, y por eso debemos darle ese dinero.

Todo el mundo acepta, incluso los liberales más recalcitrantes, que el Estado debe garantizar la educación y la sanidad y proveer a la defensa frente a los enemigos internos –con la policía- y los externos –con el ejército- y asumir las inversiones comunes que unos particulares no podrían afrontar, tanto por recursos como por cuestiones organizativas.
Pero ocurre que nuestro Estado gasta menos del 30% de lo que ingresa en esas partidas.

Y ocurre también que la enseñanza pública cada día pierde más calidad, y los padres que se lo pueden permitir –casi todos los políticos- llevan a sus hijos a centros privados. Ocurre que la sanidad pública es una fuente de inagotable derroche, y ahora que no puede asumir sus costes, recorta prestaciones básicas. Y todos los que se lo pueden permitir –los políticos y los funcionarios del Estado- acuden a la sanidad privada. Y ocurre también que cuando los particulares quieren sentirse seguros, acuden a empresas de seguridad privada. Y por último, ocurre que a los ocho millones de pobres que tiene España, y que siguen siendo esa espantosa cantidad, década tras década, a pesar de los inmensos recursos que el Estado esquilma a los trabajadores, esos millones de pobres no son alimentados por el Estado, sino por la Iglesia Católica, y apenas existen albergues en España para los transeúntes y desahuciados, excepto los que gestiona esa institución privada.

Existe hoy una opresión entre dos clases: la de los políticos que determinan los impuestos y los malgastan en sus privilegios, a veces en sus corrupciones, y casi siempre en sus derroches innecesarios e ineficientes; y la de los pagadores de impuestos, la inmensa mayoría, que entregan esa plusvalía al Estado.

Es el Estado el que se queda con el 60% de la plusvalía y no los empresarios, que, como mucho, retienen un 10 ó un 15%. No hay más Trono ni más altar. Los reyes que quedan son figuras simbólicas, que dan continuidad a la nación y ponen un obstáculo, aunque mínimo, a que la política lo enfangue todo. Las religiones carecen de poder en Occidente. Sólo influyen en las conciencias, y de forma decreciente.

La pauperización creciente de las clases medias y trabajadoras no se deduce de un mayor bienestar para alguién más necesitado. Eso es falso. Existen además amenazas en todo el mundo de incrementar la presión fiscal. Con descaro nos dicen ya claramente que es “para poder cuadrar los presupuestos”, que se desequilibran porque los políticos han mal gastado aún más de las cantidades increíbles que ingresaban. No seremos más pobres para tener más beneficios sociales, sino para pagar los errores de los políticos.

Cuando un particular, al frente de una empresa, toma decisiones que perjudican, no ya a la mayoría de los accionistas, sino a una minoría, es llevado a los tribunales y se enfrenta a elevadas multas, inhabilitaciones, penas de cárcel. Cuando un político arruina una ciudad, una comunidad, una nación, tomando decisiones tan absurdas como megalomaníacas, aduce que sólo tiene responsabilidad política, y que los resultados de unas urnas le justifican. Poco importan las mayorías, las irresponsabilidades, las deudas para décadas, las ruinas de empresas y particulares.

El Estado nos ha arruinado y nos esclaviza. La Seguridad Social es un fraude piramidal, que no ha guardado ni un euro de nuestras cotizaciones y que no podrá pagar pensiones mayores del 30% del último salario a partir de 2025. Puede consultarse el último informe del Banco Internacional de Pagos, dependiente de Naciones Unidas. Todos los políticos dicen que eso es mentira. Pero mienten. Son solidarios como clase dominante, que diría Marx.

Si nos recomendaba Marx que analizásemos los hechos atendiendo a sus realidades materiales y sus números, afrontemos así nuestra situación presente.
Sí, hay lucha de clases y hay pauperización. Y hay alienación, porque la gente no entiende nada. Porque todas las televisiones y radios requieren de licencia pública y transmiten machaconamente el pensamiento mágico y único de la izquierda, de que el Estado nos protege, el Estado nos cuida, el Estado nos salva. Es el nuevo opio del pueblo.

Nada de esto es inevitable ni carece de solución. Pero hay que despertar del aletargamiento, desconfiar del Estado y confiar en nosotros mismos. Pensar, como inicialmente hizo Marx, en conseguir más libertad, no para el Estado, sino para las personas. 


www.piensaenlibertad.com
Enero 2012.

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EL CAMPO DE LA LIBERTAD

La batalla de Córdoba, 1368



Antonio Rubio Merino




Novela que trata de actualizar la batalla del Campo de la Verdad ocurrida en Córdoba en 1368. Alonso Páez relata en primera persona su historia y la de su familia (muy conocida en la ciudad), y la guerra civil que asoló España durante parte del reinado de Pedro I de Castilla. Dicha guerra terminó con esta batalla.

 
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